El sótano oscuro y frío donde se encontraban las pistas de esgrima parecía recibir a Felipe como si nunca se hubiera ido. El Club Providencia era más conocido en el circuito por su ambiente social que por la competencia de alto nivel. La mayoría de los miembros eran niños aprendiendo los fundamentos o adultos mayores que buscaban ejercicio ligero o chismes de antiguos compañeros de armas.
Pero eso nunca le molestó, ni siquiera en su época de atleta semiprofesional. Competitivo por naturaleza, Felipe se enfocaba en sus clases privadas con su envejecido pero sabio maestro de armas. Buscaba combates con los esgrimistas más técnicos, aunque ya no participaran en torneos oficiales.
—¡Felipe Correa! ¡Mis ojos me engañan! No lo creería si no estuviera parada justo frente a ti.
Una joven corrió hacia él y lo envolvió en un abrazo apretado. Su energía desbordaba alegría ante la llegada del visitante inesperado.
—Te ves igual que siempre —dijo—. En forma, saludable… pero ahora en serio: ¿qué cagada te mandaste, weón, que te saliste del Ejército?
Felipe rió. Su mezcla de calidez y franqueza seguía intacta. Tal como la recordaba.
—Ya sabes cómo soy, un lobo solitario. No me veo echando raíces pronto y eso no ayuda mucho si quieres ascender en el Ejército.
Después de un breve calentamiento, se enfundó en su viejo traje de kevlar con resistencia de 800 newtons. Conectó el cable corporal a su equipo, escuchando el familiar sonido de cierre del circuito eléctrico. Luego alzó su desgastada máscara de combate y la acomodó sobre el rostro. El olor a sudor seco y metal activó antiguos recuerdos.
Por un instante, se sintió como un niño nuevamente, entrenando en su internado en Londres. Recordó la adrenalina de sus primeros torneos y cómo esa pasión lo llevó, años después, a ganar múltiples competencias internacionales en la academia militar.
—Así que nos encontramos otra vez, viejo amigo.
Felipe levantó la vista y sonrió. Un rostro conocido le devolvía el saludo con una reverencia formal.
—Iván —dijo, cruzando la espada en señal de saludo—. Me han dicho que tu técnica ha mejorado, mi joven aprendiz.
—Cuidado, Maestro Jedi. Tal vez me pasé al lado oscuro —respondió Iván con una sonrisa torcida.
Felipe atacó de inmediato. Una táctica psicológica: demostrar que aún estaba en forma. Pero Iván, sereno, lo esperó. Bloqueó el golpe con destreza y respondió con precisión. Tocado, directo al pecho.
—No es como andar en bicicleta, ¿cierto? —bromeó.
Esta vez, Felipe avanzó con más cuidado. Iván se mostró confiado, casi relajado. De pronto vio su oportunidad: un espacio bajo el brazo armado de su oponente. Amagó a la izquierda, cambió al último segundo y tocó limpio, sin que Iván pudiera evitar el golpe.
—Definitivamente no es como andar en bicicleta —dijo riendo mientras se quitaba la máscara—. Tengo un partido de tenis en breve. ¿Te parece si lo resolvemos con un punto final, como en los viejos tiempos?
Felipe, ahora más defensivo, comenzó a ceder terreno. Iván lo presionaba con pasos rápidos y precisos. Cada intercambio lo obligaba a retroceder, hasta que sus talones tocaron el borde de la pista. No había escape.
Con una finta rápida, Iván rompió su defensa y tocó con claridad.
Punto. Partido. Victoria para el local.
Iván se adelantó con una sonrisa y lo abrazó con fuerza. Felipe, como siempre, se tensó un poco antes de recibir el abrazo… pero luego devolvió el gesto con una palmada en la espalda. Sabía que el saludo era sincero.
—Has mejorado con los años —murmuró, apenas sonriendo.
—Y tú sigues siendo pésimo con los cumplidos.